Editoriales / Aleatoria

Última llamada

Columnista invitado

RODOLFO ELIZONDO, , actualizada 09:30 🕚

No exagero cuando digo que nuestro arreglo democrático está en riesgo. Hay signos inequívocos de que los pilares de la casa democrática que tanto nos costó construir se empiezan a cuartear. Los seres humanos tenemos memoria corta, pero vaya que nos costó tener la red institucional que sostiene nuestro actual sistema político. A mí no se me olvida porque tuve el honor de ser partícipe de su construcción a golpe de suela, saliva y sudor. Otra vez, amable lector, disculpe la referencia personal, pero cuando contendí por la Presidencia Municipal de esta ciudad en los años ochenta nadie me tomaba en serio. No lo hacían porque había condiciones para una competencia justa y equitativa, simplemente: los votos no contaban. La contienda era cuesta arriba y, aún así, un conjunto de ciudadanos apostaron por una alternativa y me otorgaron su confianza y gané la elección. De esa experiencia, y de muchas otras después en las que participé para transitar a una verdadera democracia, aprendí que los derechos políticos no son regalos, son conquistas.

Con base en esas experiencias, y después de leer el extraordinario libro de Ziblat y Levitsky cuyo título es lapidario: "Cómo mueren las democracias", no estoy preocupado, estoy preocupadísimo. La tesis principal del libro es que las democracias no mueren como en antaño, por golpes de Estado o revoluciones, sino que gobiernos electos democráticamente utilizan las propias herramientas que la democracia les provee para después hacerlas trizas. Me temo que es el caso de López Obrador actualmente.

Nuestros sistema de pesos y contrapesos plasmado en nuestra Constitución es una condición necesaria para el buen funcionamiento del propio sistema, pero no suficiente. Para que realmente sea eficaz precisa de una serie de normas no escritas que refuercen el arreglo constitucional. Como dicen los autores mencionados: dos son las normas básicas -las no escritas- para que esto suceda: "la tolerancia mutua, o el acuerdo de los partidos rivales a aceptarse como rivales legítimos, y la contención, o la idea de que los políticos deben moderarse a la hora de desplegar sus poderes institucionales". Hoy en México veo que estas dos normas se violan sistemáticamente.

Por un lado, vemos al Presidente y su partido descalificando una y otra vez a cualquiera que alce la voz en su contra. No es una descalificación cualquiera o meramente política, sino que es una de corte moral: sus opositores no deberían existir porque encarnan todo lo malo y corrupto, y él, todo lo bueno y justo. Así no hay diálogo posible. Por el otro, veo con preocupación a un Presidente que se excede en sus facultades. Ejemplos sobran: militariza el país contraviniendo una norma constitucional expresa; cancela una reforma constitucional -la educativa- a través de un "memorándum", realiza consultas "populares" patito, sin recato alguno por el proceso legal; aprueba una serie de reformas legales y constitucionales que configuran una verdadero andamiaje de terrorismo fiscal, etcétera.

Lo anterior no es todo lo que pone en riesgo nuestra democracia. El libro describe otras conductas a los que debemos prestar atención si no queremos terminar bajo el más peligroso de los autoritarismos. Entre los que se describen, varios ya han sucedido en México. Por ejemplo, el rechazo a la Constitución por parte de López Obrador ha sido manifiesta. Ya van varias veces que profiere que el pueblo -ese ente imaginario siempre "bueno y sabio"- está por encima de la misma. También ha descalificado sistemáticamente al INE poniendo en duda los resultados de las elecciones de antemano. Y, por si fuera poco, no sólo desprecia a los intelectuales y sus críticos, sino que los exhibe en las "mañaneras", los califica como enemigos del régimen, hasta llegar al extremo de haber impuesto una sanción ridícula a la revista Nexos hace unas semanas. Todos y cada uno de estos movimientos están descritos en el libro como los peldaños hacia el autoritarismo.

No es casual que a López Obrador se le tilde de populista. Es un populista de manual. Alguien que llegó al poder denunciando que la nuestra no era una verdadera democracia, sino una manipulada por la élite -la famosa "mafia en el poder"- y, por tanto, lo que hay que hacer es "enterrar a esa élite" y devolverle el poder al pueblo. Bajo ese alegato casi todo está permitido, ya que se torna en una licencia para asaltar las instituciones democráticas y consolidar el poder en manos de un solo hombre. Lo que me preocupa es que lo está logrando.

¿Qué hacer? El texto lo pone clarísimo: cuando se tiene por delante a un déspota, la élite política debe rechazarlo sin ambages y defender a toda costa las instituciones, aún si eso implica aliarse con quien antes parecía impensable. Sólo una gran alianza de todas las fuerzas políticas podrá detener la muerte de la democracia. En este caso, la nuestra.

Por eso creo que estamos, de verdad, ante la última llamada.

Editoriales, Rodolfo Elizondo

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