Editoriales / Aleatoria

De Política y Cosas Peores

ARMANDO CAMORRA, , actualizada 07:29 🕚

Amo a España. Ningún trabajo me cuesta decir eso. Para mí es lo mismo que decir: "Amo a mi madre". Madre Patria, en efecto, es España para todos los que formamos parte de las "ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda" que dijo Rubén Darío. Soy hispanista, igual que lo fueron mis ilustres paisanos saltillenses don Artemio de Valle Arizpe, cronista de traviesa pluma, y Carlos Pereyra, insigne historiador que sufre injusto olvido a causa de la historiografía oficial. Por mis venas corren -más bien caminan ya- dos sangres: la española y la de nuestros antepasados aborígenes. De ninguno de esos dos linajes puedo renegar, pues eso haría de mí un hijo ingrato. Soy fruto del rico mestizaje que España propició en nuestra tierra con la generosidad que no tuvieron otras gentes, que establecieron colonias en el Nuevo Mundo mientras España fundaba reinos. Los nuevos pobladores de lo que es hoy Estados Unidos casi acabaron con los habitantes nativos; los españoles se fundieron con ellos, y dieron así origen a una nueva raza y a una nacionalidad nueva, la nuestra. Por eso es detestable la famosa "leyenda negra" de España, difundida para alejar de sus raíces a los pueblos latinos de América y ponerlos en manos de quienes al fin nos dominaron y nos tienen hasta ahora dominados. ¿Que se cometieron crímenes en el curso de la Conquista? En todas las guerras se han cometido. ¿Que hubo abusos en los 300 años que duró la mal llamada Colonia? Ninguna duda cabe. Pero como dice la certera frase: culpas fueron del tiempo y no de España. Por eso aplaudo como mexicano la decisión del Gobierno español de no pedir las disculpas que exigió López Obrador por esos sucesos acontecidos hace siglos. Una petición como ésa se antoja no sólo irrazonable y anacrónica, sino también ramplona, chabacana y cursi, aunque no sea necesariamente en ese orden. Bien hizo España en no hacer caso de ella, como bien hizo igualmente en anunciar su participación en los festejos, el próximo año, del quinto centenario de la Conquista. Eso se llama buena diplomacia, la que tiene aciertos propios a pesar de los yerros ajenos. Que vivan México y España, siempre unidos y hermanados siempre. He cumplido por este día mi deber de orientar a la República. Puedo entonces pasar a otros temas de menor responsabilidad y amenidad mayor. Un mes de casada tenía Susiflor cuando su marido le sugirió que probaran el sexo oral. Ella rechazó la sugerencia. Dijo: "Jamás he hecho eso". Tras una pausa añadió recelosa: "A menos que hayas leído mi diario de soltera". Cuatro amigos fueron de excusión al Cañón de la Huasteca, cerca de Monterrey, donde se elevan montañas majestuosas que fueron calificadas de "épicas" por Manuel José Othón. Ahí los altos muros de roca favorecen el fenómeno acústico conocido popularmente como eco. (Impopularmente no sé cómo se le conoce). Gritó uno de los regiomontanos: "¡Soy García!". Repitió el eco: "García, García, García". Gritó el segundo: "¡Yo soy Garza!". Y el eco: "Garza, Garza, Garza.". Profirió el tercero: "¡Soy Treviño!". Resonó el eco: "Treviño, Treviño, Treviño.". Gritó el cuarto: "¡Soy Valdovinos!". Dijo el eco: "Tú no eres de aquí, ¿verdá, pelao?". Don Severino Calvínez dictó una conferencia sobre la decadencia de las costumbres en nuestra época. Dijo: "Acabo de ver una serie llena de toda clase de inmoralidades: adulterios, amancebamientos, actos sexuales entre hombre y mujer, entre hombre y hombre, entre mujer y mujer. ¡Pornografía, señoras y señores! ¡Pornografía pura! Así andan nuestros tiempos. ¿Alguna pregunta?". Diez manos se levantaron: "¿Cómo se llama esa serie y en qué portal está?". FIN.

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