Editoriales / Aleatoria

Sortear sin resolver problemas

Sobreaviso

RENÉ DELGADO, , actualizada 08:52 🕚

Salir de apuros o sortear dificultades no siempre es sinónimo de resolver problemas.

Sin restarle mérito a algunas políticas, medidas y acciones oficiales, particularmente en el ámbito laboral, educativo, fiscal y, no sin contradicciones, en el campo diplomático y la procuración de justicia, la administración sortea el embate de poderes y problemas intentando escapar de ellos y llegar adonde quiere, sin tener muy claro el sitio de ese anhelado lugar ni, obviamente, la hoja de ruta para arribar a él.

El poder del imperio vecino, el poder de las Fuerzas Armadas, el poder de la naturaleza y el poder difuso de la resistencia, así como el crecido caudal de dificultades asedian de más en más y de manera combinada, aunque no concertada, al lopezobradorismo. Hasta ahora, éste ha conseguido librar el momento, pero acusa fatiga con síntomas de desesperación por la falta de reposo y reflexión, la acción descoordinada y el ansia de romper el cerco que lo frena sin contar con las herramientas, el equipo, las condiciones y los recursos necesarios.

La gran interrogante es cuánto tiempo más aguantará así la administración, cuántas veces más rebotará entre la política principista y la pragmática sin caer en el error fatal o cuándo -si todavía cabe la muy remota posibilidad- replanteará el límite y el horizonte de su proyecto original, así como el alcance del mandato recibido.

Sortear adversidades y salir de apuros exigen talento, sí, pero a fin de cuentas el resultado postrero de esa actuación depende más de la suerte que de la capacidad para someter a control y dominio las variables. Seguir así no garantiza el ajuste del régimen político ni del modelo económico. Es un ejercicio que demanda un esfuerzo inaudito, sin asegurar la consecución del objetivo.

En el Sobreaviso "Crisis sin fondo", del 18 de julio pasado, se escribía:

"Hace tiempo, en plática sobre los temores políticos de Andrés Manuel López Obrador durante su gestión, un allegado a él refirió cuatro: los Estados Unidos, el gran capital nacional, las Fuerzas Armadas y los terremotos, entendiendo por estos últimos no sólo a los sismos, sino a aquellos fenómenos naturales cuya fuerza devastadora distrae, descuadra o vulnera al poder político".

Pues bien, en estas últimas semanas, tres de esos cuatro temores han dejado de ser un fantasma y han sacudido a la administración. Y ante ellos, se han dado tres tipos de respuesta: aferrarse con dogma y sin consideración al proyecto original sin reconocer las consecuencias, arremeter contra quienes los despiertan como si ello bastara para desvanecerlos, o bien, hacer malabarismos para remontar la situación en turno, así sea provisionalmente.

Pese a ello, los problemas subsisten y la administración no consigue fincar la plataforma de su acción y desatar ésta, siendo que está a punto de concluir el primer tercio de la gestión.

El inédito desistimiento de la Fiscalía estadounidense de las acusaciones formuladas contra el exsecretario de la Defensa, el general Salvador Cienfuegos, con tal de no afectar la relación y cooperación con México, marcó un logro diplomático mexicano.

No sin titubeos al inicio, la administración tuvo capacidad de reaccionar y salir airosa de la situación, reivindicando el derecho a ser tratada con respeto por el gobierno estadounidense y dando satisfacción a la molestia de los mandos militares mexicanos, urgidos por ver una respuesta firme.

Es reconocible la actuación, sin embargo, el problema no está resuelto. Si la Fiscalía General de la República o, en su caso, la de Justicia Militar, no integra y resuelve con pulcritud, contundencia, claridad y diligencia la carpeta de investigación, el logro de hoy puede concluir en el fracaso de mañana. Simular la investigación dejaría en duda a los ojos del gobierno estadounidense la honorabilidad no sólo del general Cienfuegos, sino también la del instituto armado, la Fiscalía, la Cancillería... y, en tal circunstancia, se sentaría un precedente terrible. Convalidaría la necesidad de exigir cooperación a México, sin compartir información.

En ese episodio, el peso del poder imperial de allá y del poder militar de aquí constituye un desafío mayor para la administración.

Otra vez estamos en ese momento donde un problema nuevo oculta al anterior y, como nunca, el poder de la naturaleza asedia a la administración.

Si la política sanitaria ante la epidemia es cuestionada y cuestionable, los cien mil muertos obligan a reconsiderarla en vez de atribuir a los medios un simple afán alarmista al reportar el tamaño del dolor. A la negación de reconocer la dimensión de la tragedia, se agregan las inundaciones provocadas en Tabasco. El poder de la naturaleza está devastando a la naturaleza del poder y la administración puede, pero no debe, ignorar esa realidad.

No debe porque, lamentablemente, los desastres tienen un calendario. A los huracanes siguen los incendios forestales, luego la crisis ambiental en el Valle de México y la sequía en otras regiones del país... Negar esa realidad y desviar recursos destinados a los desastres a megaproyectos sin viabilidad terminará por socavar el poder y su mandato.

Sin desconocer los méritos referidos, la administración viene sorteando problemas sin resolverlos y sin asegurar su consolidación como gobierno ni la viabilidad del sexenio. Cada vez es más notoria la fatiga ante el asedio y, por si ello no fuera suficiente, se está descuidando el frente político donde las alianzas del partido en el poder desfiguran el sentido del movimiento emprendido y ponen en duda si podrá mantener la hegemonía política.

Sentarse en vez de estar siempre de pie y apreciar el valor del silencio podría ser un buen comienzo.

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