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El taxi de las derrotas

SORBOS DE CAFÉ

MARCO LUKE, , actualizada 08:22 🕚
El taxi de las derrotas

La lámpara iluminaba y pintaba de amarillo las páginas del grueso libro de medicina que leía exhausto un aspirante a galeno, refugiado en su alcoba en su vano intento de alejarse del atractivo sonido que emitía un programa cómico desde la televisión en la sala.

-Falange distal, falange medial, ... trapecio, trapezoide, grande, ganchoso...- repetía sin éxito alguno, mientras golpeaba su frente con el puño a cada terminología que leía y ubicaba en los dibujos anatómicos. - ¡No puedo más! - Cerró el libro provocando la fuga de cientos de partículas del polvo atrapadas debajo del escritorio. - ¡Merezco un descanso! - Se justificó para huir y dejarse atrapar por la comodidad del entretenimiento nocturno del que disfrutaba su familia en los sillones del salón.

Pasaron cerca de diez años y el libro no se volvió abrir jamás. La vocación, fue reemplazada por un cúmulo de pretextos, y la derrota por una frustración diaria que a penas le daba para comer detrás del volante de un taxi.

Ese día, le tocó de pasajero un abogado quien, según sus palabras, llevaba junto con una prisa de embarazada, un caso de suma importancia.

- ¡A los juzgados, pronto! - Ordenó al chofer al mismo tiempo que cerraba la puerta del auto sin piedad. El taxista obedeció, pero un par de cuadras después, disminuyó la velocidad del carro sin que el preocupado abogado se percatara.

Barajaba los papeles de una carpeta, estresado por no perder un caso que, de ganarse, le dejaría una remuneración jugosa.

Levantó uno de los documentos y lo aproximó a la ventanilla del coche, buscando la luz solar para descifrar la tenue escritura a lápiz. Mientras buscaba decodificar los jeroglíficos impresos con grafito, justo en una luz roja, se detuvieron el auto y el tiempo en los ojos del abogado.

La escena de un taller mecánico donde se alojaban varios automóviles, herramienta, y otros aparatos más complejos para cualquier mortal, pero simples para él, añoró los días en que, de niño, pasaba dentro de una fosa aprendiendo la anatomía de un chasis, las veces en que debía elegir una llave, y las muchas veces que compartió la sal con sus colegas, donde´aún siendo niño, nació su amor por la mecánica automotriz y decidió dar vida al sueño de seguir los pasos de su padre

Irónicamente, fue su progenitor quien mató sus ilusiones al obligarlo a estudiar una carrera que no le matara de hambre. Desde ese día, se vio obligado a buscar una carrera lucrativa para forjar una felicidad que no alcanzaría nunca con todo el dinero junto, ni sustituirá jamás la plenitud que dan los sueños realizados.

Y así, recorrieron las calles de la ciudad un taxi que llevaba la vocación y los sueños derrotados.

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