En unos días, saldrá a la luz pública la cuarta edición del libro “Cómo llevar una defensa penal”, del cual quien esto escribe es el modesto autor y se ha editado bajo los auspicios de Editorial Porrúa. Fue recomendado generosamente como obra de consulta en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, lo que nos ha obligado a actualizarlo y hacerle pequeñas adiciones que eran necesarias, con el único afán de que el estimado lector lo utilice en el diario quehacer, en el litigio o desde la judicatura, sin otra intención que sirva de guía a los cultivadores de esa apasionante rama del derecho.
Más allá de un alarde de erudición, o de un vanidoso comentario, quiero puntualizar que la obra es un instrumento metodológico, para el planteamiento de una defensa en un caso concreto. No es un tratado, -reservados exclusivamente a los grandes pensadores-, sino un manual que pretende llevar de la mano a los abogados no avezados, desde el inicio de un asunto, cuidando que las pruebas que se ofrezcan sean las idóneas para ayudar a los procesados, si no a obtener su absoluta libertad, sí a descargar las acusaciones que pesan sobre ellos.
Generalmente los analistas abordan sus estudios sin invadir otros ámbitos. Es decir, el que penetra la parte general lo hace sin salir de ella o de la parte especial o bien se dedican al Derecho Procesal Penal. El mérito del documento que aludimos es que en uno solo se aglutinan los anteriores temas, se entrelazan y se conjuntan con otros que tienen una relación directa, como es la lógica y hasta la lingüística, rubros que parecen distantes pero que unidos representan una valiosa herramienta en el ejercicio profesional. Igualmente se destacan figuras de la filosofía del Derecho, como el supuesto jurídico y otros conceptos que cuando se analizan fría y aisladamente resultan vacuos e inútiles, pero una vez que se les comprende en su exacta dimensión y se desentraña su importancia en la aplicación a las disciplinas especiales, dan luces en cualquier área jurídica, y el entendimiento del derecho es mucho más claro.
El uso cotidiano de esos enunciados contribuye a una comprensión más extensa del lenguaje jurídico, y éste repercute asimismo en la amplitud de la cultura jurídica, que es lo que se busca. El libro no riñe de ninguna manera con las nuevas tendencias, encaminadas a la instauración en el país de los juicios orales. Ésta es forma, aquélla es fondo. Independientemente de la modalidad, en cuanto al desenvolvimiento del procedimiento penal, el abogado deberá definir una estrategia antes de iniciar una causa -digamos de homicidio- para demostrar al juez que no fue calificado, sino simple intencional, en riña o hasta en duelo. Para ello es menester conocer todas las áreas de la parte general del Derecho Penal y desde luego los delitos en particular.
También es imprescindible que el postulante domine los diferentes medios probatorios que admite el procedimiento penal, para que dependiendo del delito que se imputa a su representado, se identifique plenamente la prueba idónea, a fin de demostrar la inocencia del inculpado, una atenuante o incluso que el delito que se le atribuye no es aquel por el que consignó el Ministerio Público, sino uno menos penado, pues al final de cuentas el detenido quiere su libertad, aunque lo ideal no es lograrla bajo fianza, sino alcanzar la absolución, que es la aspiración de todo penalista.
En fin, sin falsa modestia el esfuerzo va dirigido, insisto, a coadyuvar con quienes no tienen el dominio completo de esa especialidad y se adentren a la misma; paulatinamente penetren en ella, evitando resbalar en lo pantanoso o escabroso de sus terrenos. No es ni mucho menos una obra acabada sino una asomada al mundo del derecho punitivo, como se lo denomina en otros países, pero sí una sincera aportación al foro duranguense y a todo el que tenga la bondad de hojearlo, con la esperanza de mi parte de que un buen día nos encontremos y me diga que es un experto en la materia.