¿Por qué decimos "nada"?
No deberíamos decir nada.
La nada es eso: nada.
No es un cero, que al menos tiene forma.
No es una sombra, que al menos es ceniza de la luz.
La nada, en cambio, es nada.
Nada hay que decir de ella. Nada.
Ni siquiera debería tener nombre.
Porque ¿quién acudirá si digo "Nada"?
Nada digamos, pues.
Nada de nada.
Si acaso, digamos: "Yo".
¡Hasta mañana!...