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En memoria de los padres ausentes

PADRES E HIJOS

Ignacio Espinoza Godoy

Aunque antaño, generalmente, la figura del padre se relacionaba más con la de proveedor del hogar y de la autoridad indiscutible de la familia, en los tiempos actuales ha pasado a ocupar un rol de más involucramiento en todas las actividades, por lo que su presencia tiene ya otra dimensión en la sociedad mexicana, a tal grado que los hijos han desarrollado un vínculo más estrecho con él, con lo que ese nexo se fortalece y hace más difícil asimilar su ausencia una vez que el progenitor fallece, bien sea por enfermedad o a causa de un accidente.

De por sí, decir adiós a una persona cercana a nosotros representa un momento doloroso, más lo es cuando se trata del padre, porque significa prescindir de la presencia del ser que nos dio la vida al unir la suya con nuestra madre, de tal forma que aceptar como una realidad que, materialmente, ya no estará más en el hogar, compartiendo juegos, anécdotas y vivencias, es un proceso que requiere tiempo, porque no es fácil comprender que la muerte es una fase de la vida por la que todos, tarde o temprano, tendremos que pasar.

La desaparición física del padre –lo sabemos quienes ya lo experimentamos- involucra una etapa de duelo que abarca no sólo a la familia con la que convive el progenitor, sino que su deceso provoca dolor y desconsuelo en sus propios padres, hermanos, tíos, primos… en fin, la lista es larga e interminable, que hasta se extiende a personas muy cercanas al círculo familiar y al entorno laboral, pues los seres humanos somos sensibles y solidarios con quienes nos rodean, de tal forma que construimos vínculos que con el paso del tiempo se fortalecen y, llegado el momento de partir de este mundo, nos es difícil aceptar la separación y decir un adiós.

En lo personal, la partida de mi padre fue un momento difícil de asimilar, pues si bien tuvo un periodo largo de enfermedades que lo llevaron a ese desenlace, quienes lo cuidamos en sus últimos días sabíamos que en cualquier instante dejaría este mundo porque no es sencillo llevar a cuestas tanto sufrimiento durante años, a tal grado que mi madre y yo le pedíamos al Todopoderoso que ya lo liberara de ese dolor físico y espiritual que él decía que padecía.

Y no es que la familia no quisiera lidiar con todo lo que implicaba la atención de sus padecimientos, sino que lo observábamos cómo sufría y soportaba estoicamente sus enfermedades, aunque también hubo momentos en que se quejaba y le pedía al Creador que ya se compadeciera de su dolor y lo liberara, que ya lo “recogiera”, porque no tenía caso seguir viviendo en esas condiciones.

No obstante, finalmente, la última palabra la tiene el de arriba, así que tuvieron que pasar años para que mi señor padre recibiera el llamado para partir de este mundo, en el que cumplió su misión de forjar cuatro hijos que en todo momento le demostraron su gratitud por todas las enseñanzas que recibieron a lo largo de una vida en la que hubo muchos momentos de todo tipo, desde felicidad y tristeza, hasta de prosperidad y adversidad; sin embargo, siempre nos inculcó que no había que bajar los brazos y seguir luchando no obstante las dificultades y los tropiezos.

La ausencia de un padre, sin importar las circunstancias de su partida, duele mucho, y nadie está preparado para decir el último adiós a una persona tan importante en todos los aspectos, así se trate de un desenlace hasta cierto punto esperado, como es el caso de una enfermedad.

Sin embargo, los hijos debemos tener cierta preparación mental para aceptar y reconocer que, por más que queramos aferrarnos y por más que los amemos, los padres son seres humanos que, si bien son extraordinarios en muchos aspectos, algún día tendrán que dejar este mundo de una u otra forma, así que mientras los tengamos cerca, vivos, debemos demostrarles cuánto los amamos y qué importantes son para nosotros.

Ahora que están bien, sanos, libres de enfermedades, y si no es así, pues con mayor razón tenemos la obligación de velar por sus necesidades, de tal forma que el tiempo que aún les quede a nuestro lado tengan calidad de vida, para devolverles algo de lo mucho que ellos nos dieron cuando les tocó cuidarnos, protegernos y darnos lo mejor que tenían.

De lo contrario, si nuestro padre ya no está con nosotros, recordémoslo como era en vida y elevemos una plegaria al cielo para pedir que, dondequiera que esté, se encuentre bien. Si bien una lágrima puede hacernos sentir mejor, que este estado de ánimo no se convierta en costumbre, pues seguramente a él no le gustaría vernos sumidos en la tristeza, sino alegres, continuando con la misión de cuidar a nuestros propios hijos.

Escrito en: educacion para padres orientacion familiar consejos VALORES . padre, vida, que,, momento

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