Aunque pocas veces nos ponemos a reflexionar sobre la necesidad de tomarnos un descanso para alejarnos de la rutina y hacer algo diferente, lo cierto es que cuando eso sucede es porque el cuerpo y la mente piden a gritos también un escenario diferente, de ahí que las vacaciones constituyen el pretexto perfecto para olvidarnos, aunque sea por unos días, de las obligaciones laborales y de preparar alimentos para los hijos cuando se trata de salir a otra ciudad.
Seguramente a usted, amable lector, le ha ocurrido que en los últimos días de clases del ciclo escolar, los hijos ya ni siquiera tienen ganas de ir a la escuela y se levantan sólo porque usted se los exige, pues si les dejara escoger preferirían quedarse en casa o apapachar a la cama un rato más. Sin embargo, los padres sabemos que tenemos que cumplir con un calendario escolar, aunque este no siempre se respete por parte de las autoridades educativas, por lo que terminamos llevando a los chamacos a la escuela aunque no hagan gran cosa.
De igual manera ocurre con los padres, pues una vez que transcurre poco menos de un año de actividad laboral ininterrumpida, llega un momento en que el cuerpo y nuestras neuronas ya nos piden un descanso, aunque también estamos supeditados a un calendario que nos impide tomar las vacaciones cada vez que esto sucede, por lo que tenemos que esperar el tiempo necesario para programar ese tan esperado periodo del año.
Y es que está comprobado científicamente que el cuerpo y la mente requieren una pausa, un alto en el camino para oxigenarse, de la misma manera en que cada fin de semana podemos descansar un día, esas 24 horas que nos sirven para relajarnos y convivir con la familia, ese valioso tiempo que dedicamos a hacer actividades que el resto de la semana no podemos atender por dedicarlo al trabajo y a otros aspectos relacionados con las necesidades propias de la familia, de los hijos y la pareja.
Si bien es cierto que, en ocasiones –o más bien dicho, casi siempre-, esas 24 horas de descanso no son suficientes para hacer el sinnúmero de actividades que quisiéramos abarcar, sí nos son útiles para reponer energías y estar listos para emprender la jornada laboral que nos corresponde al día siguiente, con la rutina que a veces implica para muchas personas.
Luego de ese breve periodo de receso de fin de semana, nos damos cuenta de que recargamos las “pilas”, e incluso, llegamos con mejor humor a realizar nuestro trabajo, aunque no faltan los que abusan de ese tiempo de 24 o hasta 48 horas y que se presentan a laborar con los visibles estragos de los excesos. Y tampoco faltan los casos en que, para no delatarse por el estado físico y anímico que arrastran por esas condiciones, otros mejor, de plano, deciden reportarse “enfermos” para evitar ser evidenciados o, en el mejor de los casos, sancionados por acudir en estado inconveniente al centro de trabajo.
De acuerdo con los especialistas, la reducción de la carga diaria de estrés es fundamental para prevenir problemas de salud y mantener nuestro aspecto sano. Esto se debe, principalmente, a la epinefrina, que no todas las personas consiguen reducir. De ahí la necesidad de tomarse un respiro, desconectados de la rutina y el caos laboral.
Como dato curioso, le comparto, estimado lector, que, por ejemplo, el país con más complicaciones por falta de vacaciones es Japón, pues su obsesión por el trabajo los lleva a no cuidar sus niveles de estrés, lo que ocasiona bajas y envejecimiento prematuro, entre otras consecuencias.
Por ello, es necesario darles a las vacaciones el justo valor, por todos los beneficios que nos dejan, en muchos aspectos, de tal forma que, al menos en ese periodo, debemos olvidarnos del trabajo, pues finalmente es un derecho que nos hemos ganado con nuestra labor durante un año.
No obstante, cabría una recomendación: si bien las vacaciones son el pretexto perfecto para levantarnos un poco más tarde y hasta para comer un poco más de lo acostumbrado, es importante considerar que los excesos, tarde o temprano, los resiente el cuerpo y de alguna forma nos pasará la factura a través de algún malestar o enfermedad, de tal manera que hay que divertirse y relajarse pero sin abusar.
Las vacaciones cumplen su función cuando nos desconectamos de las presiones de trabajo y nos dedicamos a realizar algunas actividades que normalmente, por falta de tiempo, siempre postergamos diciéndonos a nosotros mismos: “Cuando lleguen las vacaciones, lo haré”, así que más vale aprovechar cada instante de este periodo para compartir en familia, que es lo más valioso y por lo que luchamos todos los días.