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Durango

Tres semanas de vida

La anorexia restrictiva es la que implica que las pacientes no comen en absoluto; los estragos pueden ser mortales.

Juan M. Cárdenas

En el espejo se refleja una mujer demacrada, pálida, tan delgada que se le marcan los huesos en los hombros; le quedan tres semanas de vida. Los riñones, el hígado, el corazón y los pulmones están dañados y en cualquier momento sufrirá un paro cardiaco o respiratorio. Qué más da, si ya se le olvidan algunas cosas tal vez se le olvide vivir. Tiene el peso de una niña de 12 años, pero Esperanza en realidad anda por los 27. Es anoréxica.

Aún así, cuando Esperanza se planta frente al espejo sigue viviendo en una utopía en la que es gorda y necesita bajar de peso para "verse bien". Eso fue lo que la llevó a durar meses enteros sin comer absolutamente nada, sólo agua. Todo para obtener los halagos que elevaran su ego, levantar su autoestima y manipular a su familia, buscando agradarle a la gente con quien convivía y sentirse querida. Eso la tiene al borde de la muerte.

Esperanza está en un centro de rehabilitación para adictos, pero no consume drogas ni bebe alcohol; está ahí porque es la última alternativa para superar la anorexia restrictiva, luego de haber recibido tratamiento con cerca de 20 médicos, psicólogos, psiquiatras, endocrinólogos y terapeutas.

un comentario

En 2006, Esperanza vivía despreocupada de la genética que le dio a toda su familia unas caderas y piernas anchas, esto implicaba que no tenía necesidad de fijarse en sus hábitos alimenticios. La enfermedad aún estaba oculta.

Pero en la Navidad de ese año no se midió en las cenas y fritangas de la temporada. Cuando regresó a clases, a principios del año siguiente, sus compañeros del Tecnológico notaron la diferencia en su complexión. A pesar de que hasta entonces no tuvo prejuicios sobre su forma física, Esperanza no olvidaría un comentario que destaparía la "caja de Pandora" de la que saldrían los fantasmas que aún la persiguen: "¿estuvo buena la Navidad, verdad?".

Sabía que en poco tiempo podría recuperar la talla que tenía antes de ese momento, pues desde niña practicaba danza folklórica y esto la mantenía en su peso normal. Se hizo el propósito de bajar unos tres kilos. Dejó de comer pan, dulces, refresco y grasas, lo que, aunado al trabajo que consiguió en un bar por las noches y que le dejaba solamente cuatro horas diarias de sueño, en un par de meses le dio resultados.

Entonces llegaron los comentarios de qué bien se veía, halagos sobre su imagen y su cuerpo que alimentaron el ego a tal grado, que Esperanza no se detuvo en el propósito fijado, sino que decidió seguir bajando de peso. Su jornada diaria la empezaba con clases a las siete de la mañana, con materias incluso por la tarde; sólo llegaba a la casa a cambiarse para irse a trabajar al bar. Inventaba que ya había desayunado y comido para que no le insistieran, pero cuando mucho hacía una comida al día, porque tampoco cenaba.

En el tercer mes del 2007, Esperanza notó los estragos de la rutina. El cabello se le caía a mechones en cuanto pasaba el peine, se le quebraban las uñas como si fueran de papel y sus ojos claros perdieron brillo. Aún así, el trastorno de imagen hacía que cuando se miraba en el espejo se siguiera viendo "gorda". Pasó de ser talla 11 a talla tres en un lapso de tiempo considerablemente corto.

detrás de la anorexia

Dentro del trastorno alimenticio que Esperanza sufría, se escondía la satisfacción de que tenía la atención de su familia. Padre y madre se separaron cuando tenía tres años y a él no volvería a verlo sino hasta nueve años después; luego se ausentó de nuevo. Eso le generó mucha ira y un sentimiento de culpa.

Al ser la hija mayor, fue la "mamá chiquita" de sus dos hermanos menores; siempre tenía que ser el ejemplo en comportamiento, en imagen y en la escuela. Cargó también con cumplir con las expectativas de su familia y amigos allegados, pero sobre todo de su mamá.

En septiembre del 2008, en el momento más álgido de la anorexia, falleció el abuelo de Esperanza, a quien tenía como su figura paterna. Su familia comenzó a culparla por esa pérdida diciéndole que había muerto de preocupación por ella.

Con la muerte de su abuelo, Esperanza encontró el pretexto para seguirse negando a comer. Si su mamá le llevaba platos con comida o un vaso de leche, estallaba en gritos y aventaba el alimento al suelo.

Si para algo tuvo apertura en ese momento fue para buscar ayuda. En la última parte de ese año visitó psicólogos, psiquiatras, endocrinólogos, internistas, gastroenterólogos y cuanto médico le sugirieron. Fueron casi 18 especialistas en tres meses. Pero como Esperanza seguía en la negación, no le sirvieron de nada.

Para esas fechas ya no comía, si acaso los domingos probaba a escondidas una manzana o cereal. Se mantenía en pie solo tomando agua. Dejó de trabajar y se puso a hacer ejercicio, pero le parecían pocas las cinco horas que pasaba en el gimnasio.

La recuperación llegó con una luz de conciencia sobre lo que estaba haciendo. Un día del primer mes del 2008 a Esperanza le dio hambre y volvió a comer. Inició con dieta blanda y en unos meses se acercó a su peso ideal, pues nunca lo volvería a recuperar.

Desamor

La anorexia restrictiva de Esperanza se estabilizó por un par de años; le duró hasta que se metió en las arenas movedizas de una relación amorosa conflictiva. A Ricardo lo conoció por amigos mutuos. Se enamoraron y desparramaban miel por donde andaban. Hablaron de matrimonios, de una vida juntos, de hijos, de una vida feliz. Entonces salió la verdadera personalidad de Ricardo.

Su alcoholismo reveló su capacidad de manipular y celar a Esperanza; éste comportamiento, aunado a la baja autoestima de ella, provocaron varios conflictos.

Ricardo trabajaba en otra ciudad y sus celos en una ocasión estallaron en gritos y estuvo a punto de golpearla. Esperanza soportaba los insultos, burlas y humillaciones; se volvió codependiente. Un año y medio después, ella tuvo el valor para terminar la relación.

El destino llevó a Esperanza a un trabajo que a la vez se convirtió en el pretexto perfecto para dejar de comer. Todavía hoy, aún no entiende cómo es que sucedió; sólo sabe que siempre creyó que era algo que podía controlar.

recaída

En febrero del 2011 desayunaba un café y luego se iba a trabajar, regresaba a casa para cambiarse y pasar toda la tarde en el gimnasio: zumba, pilates, pesas, bicicleta, lo que fuera. El "deja vu" se hizo realidad cuando volvió a recibir los halagos que elevaron su soberbia y egoísmo.

La recaída fue más radical. Esta vez Esperanza dejó de comer incluso los domingos. Nuevamente el alimento fue pura agua, sin permitirse siquiera un chicle. Tan drástico fue el cambio, que para abril ya había bajado cerca de 22 kilos.

"Cuando yo quiera vuelvo a comer", decía. Se paraba frente al espejo y se veía gorda, eso le provocaba ataques de desesperación: se jalaba el cabello, se daba cachetadas y se insultaba. Estaba al borde de la locura, que es uno de los síntomas de la falta de alimento en el cuerpo.

Con 45 kilos de peso, Esperanza encontró a un terapeuta especializado en trastornos de alimentación. Ante su negación a la enfermedad, el especialista le propuso internarse en un centro de rehabilitación. "Eso es para locos, yo no estoy loca", dijo ella.

Los únicos lugares donde le gustaba estar era en su casa y en el gimnasio. Esperanza se alejó de sus amigas y dejó atrás las salidas de fin de semana. Un día la convencieron de salir y le hicieron otro comentario que la sacudió: "¿Te estás muriendo, tienes cáncer, tienes SIDA o qué?", preguntó una de sus amigas. Entonces tomó conciencia de lo que le estaba pasando.

En gran medida, su familia y ella fueron las únicas conscientes de lo que sucedía, pero se empeñaron tanto en cuidar las apariencias, en cuidar el "qué dirán", que fuera de ese círculo hubo pocas personas que se dieron cuenta de la anorexia que sufría Esperanza.

Esa noche de viernes que regresó de la fiesta a Esperanza le dio hambre. Fue al refrigerador, tomó un yoghurt y le dio el primer trago, pero enseguida lo vomitó. Lo mismo pasó con la galleta y con lo demás que quería comer. Se asustó. Todavía con ese miedo, fue a su recámara a ponerse la pijama pero en lo que se ponía el pantalón, se desmayó por lo menos tres veces. Se le dificultaba respirar, empezó a sudar frío, le dio taquicardia.

El domingo durmió si acaso dos horas, no podía levantarse de la cama; mover una mano era toda una proeza, se sintió débil y caminaba muy apenas. "Intérname, ayúdame, me estoy muriendo", le dijo Esperanza esa mañana a su mamá.

Tras buscar clínicas en todo el país y comentarlo con el especialista, optaron por Misión Korián. Pero primero tuvo que pasar una semana internada en el ISSSTE para estabilizar su estado de salud, porque a pesar de estar dispuesta a someterse a un tratamiento, Esperanza seguía sin comer.

Esperanza salió del hospital y al exponerle el caso a los encargados de Misión Korián, éstos deciden rechazarla por las malas condiciones en las que llegó: al borde de un infarto. Tuvo que esperar una semana más en la que sólo tomaba suero, pero en realidad mientras nadie la veía lo tiraba para que su familia pensara que sí lo bebía.

Un martes a medio día por fin entró al centro de rehabilitación, donde pasaría los próximos dos meses.

al borde de la muerte

Cuando Esperanza se mira en el espejo de Misión Korián lleva 57 días de tratamiento, le faltan tres más para terminar y no ha evolucionado. Por el contrario, se las ha ingeniado para hacer creer a los técnicos de que sí come. Ahí se enfrentó a la soledad, a sí misma y a su anorexia restrictiva. Se conoció y entendió más de su enfermedad; aún así, no quiere comer.

Esperanza está preocupada porque le advirtieron que si en los tres días que le quedan no recupera peso, la van a operar.

Finalmente, Esperanza logrará comer algo, recuperar peso y ser dada de alta de su tratamiento. La sugerencia que le harán será buscar un grupo de ayuda, por eso se sentará en salas de Alcohólicos Anónimos, Narcóticos Anónimos y Comedores Compulsivos, hasta llegar al grupo Despertares de Codependientes Anónimos.

Ahí entenderá que su anorexia es un síntoma más de la codependencia, se animará a compartir su historia con El Siglo de Durango para que otras mujeres que sufren trastornos similares, puedan darse cuenta del peligro de muerte en el que están.

Despertares celebrará mañana su séptimo aniversario con una junta pública sobre la codependencia en el auditorio Angelita Z. de González del DIF, a las 16:30 horas.

Escrito en: Durango Salud Esperanza, tres, tenía, anorexia

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